La sexta hora de Helena Fernández-Cavada Oaxaca, 18 de septiembre de 2010, presentación.
Helena Braunstajn



En el insomnio de La sexta hora…

1. Articulación espacio-corporal
Hojeando el libro La sexta hora de Helena Fernández-Cavada, se me ocurre pensar en los marcos, los encuadres, las fronteras: el borde no es solo lo que está alrededor de la obra, sino lo que le asigna un lugar a la obra. Y como dice Foucault: “El sueño permite dudar del lugar en que estoy”, así los dibujos de Helena me hacen titubear constantemente sobre la certeza de la tierra firme. Guiados por la nostalgia del dormir, sus dibujos recortan, ponen fronteras a sus mundos internos, creando imágenes que más que narrar, sugieren estados y emociones provocados por los objetos desterrados de sus contextos y por lo mismo, igualmente inciertos. Espectros.
Si el cuerpo es la evidencia (de la diferencia, del crimen, de la existencia), los contornos de figuras que emergen del blanco -que no tiene ni superficie ni profundidad- subrayan que son un sustituto de lo evidente, de los cuerpos que han dejado su huella, y su estar en el lugar es tan solo aparente. La sexta hora, la siesta, es entonces la hora de moverse en la tierra de lo espectral, de salirse del marco, de desaparecer en la rugosidad de las sábanas.

2. Tejidos temáticos
También pienso en la estructura del libro: su inicio abre la búsqueda del sueño perdido en los rincones, calles y playas, para trasladarse posteriormente a las rutinas de la vida urbana y sus ritmos ajetreados que fabrican descansos ilusorios, los sueños como artículos de consumo y los problemáticos insomnios productivos. La tercera parte regresa a la ambigüedad de imágenes de la naturaleza cercada, de las ausencias y los abandonos, para terminar con la catártica vista desde abajo: solamente hay un cielo entrecortado con las ramas de los árboles, mientras el cuerpo yace sobre la hierba. “Morir, dormir, tal vez, soñar…” decía Hamlet.
A lo largo de su recorrido, esta siesta dibujada construye la necesidad de un retiro que vaya más allá de un simple cerrar de los ojos y “desconectarse” de la máquina cotidiana cuyo sistema administra los tiempos íntimos. Como menciona Helena, “es un homenaje a esos tiempos muertos para las leyes del mercado”; y yo añadiría: un homenaje a la quietud, esta última morada hacia dónde gravitan los cuerpos, los espectros y los paisajes cansados.

3. Asociaciones subjetivas
70 dibujos y otras tantas maneras de estar cansado, enajenado, anhelando el sueño. Los espacios amplios en blanco, los mundos que suceden fuera de los bordes del dibujo, los pliegues que aluden a cuerpos ausentes, las camas rotas y los colchones abandonados, las tecnologías de vigilia, los paraísos artificiales con las “vacaciones ultrarrápidas a su medida”, las ciudades en ruinas que contrastan con la hiperactividad de sus oficinas, metro y máquinas humanas productivas, los paisajes con árboles, playas, telas dobladas, pasto y unos blancos desérticos…Toda esta atmósfera creada por La sexta hora, por último, me hace recordar algunos fragmentos del poema “Insomnio” de Pesoa. Los pongo aquí, no como una conclusión, sino como una asociación que busca desbordar el marco que acabo de trazar:


No duermo, ni espero dormir.
Ni en la muerte espero dormir.
Me aguarda un insomnio de la amplitud de los astros
Y un bostezo inútil, extenso como el mundo.
(…)
No duermo; yazgo, cadáver despierto, sintiendo,
y mi sentir es un pensamiento vacío
(…)
Contemplo la pared de enfrente de mi cuarto como si fuera el universo.
Fuera hay silencio de esa cosa total.
Gran silencio aterrador en otra ocasión cualquiera,
En otra ocasión cualquiera en la que pudiera sentir….
No duermo. No duermo. No duermo.
¡Qué sueño tan grande en toda la cabeza, y sobre los ojos,
Y en el alma!
¡Qué sueño tan grande en todo, salvo en poder dormir!
(Antología de Álvaro Campos, Fernando Pesoa)








Hoy he abierto el misterio
Giusseppe Dominguez Madrid, 2011 0204


Durante más de dos meses me he resistido a abrirlo. Tenía sobre la impresora, negra, el libro de Helena Fernández-Cavada. Encima del libro, un protector de fieltro fino negro. El libro me miraba con ganas de ser abierto. Yo me resistía. Quería encontrar el momento ideal, ese momento ideal que nunca llega. Quería estar en sintonía con un interior que conocía porque ella me lo había enseñado, pero tenía la impresión de que cuando lo abriese el misterio renacería, volvería a ser un libro nuevo, único, incomparable, como la primera vez que lo vi. Han sido dos meses de miradas de soslayo, guiños, caricias, coqueteos. Y hoy, al fin, le he declarado mi amor. Pero esto no hace morir el misterio. El misterio es que ha vuelto a sorprenderme, ha vuelto a enamorarme, ha vuelto a decirme que hay tantas cosas por hacer en el mundo como para no parar de hacerlas... salvo, de cuando en cuando, para echar una siesta.
No me gusta dormir la siesta. Detesto la sensación de desaprovechar el tiempo que me produce dormir, pero sé que es una de esas estupideces que tengo, esas obsesiones fruto de la cultura, como dice Helena, del 24x7. A veces parece que quisiera olvidarme de que tengo un cuerpo que sufre, duele, siente y padece... y goza y se recrea en su propia sensualidad y respira y mantiene y come, saborea, degusta, se estira, se contrae, se cura, se … se, se... pero no es algo impersonal, sino todo lo contrario: el cuerpo es quizá lo más personal que podamos imaginar. Nuestras heridas se marcan en él, nuestra historia se escribe en él, nuestro estado se muestra en él, nuestra calma nos la proporciona él. Y yo no le hago caso. Pero me resulta sobrecogedor lo que leo en sus textos sobre la utilización de píldoras para no dormir heredadas del negocio de la guerra y recuerdo la tentación que pudo haber supuesto el uso de anfetaminas o semejantes artificios para evitar el sueño, para mantenerse despierto más allá de los límites.
Por concluir mi absurda perorata contra la siesta, diré que unas veces me acuerdo del texto del Primer Manifiesto Surrealista en el que Breton evoca al poeta Saint-Pol-Roux (1861-1940): "Se cuenta que todos los días, en el momento de disponerse a dormir, Saint-Pol-Roux hacía colocar en la puerta de su mansión de Camaret un cartel en el que se leía: EL POETA TRABAJA" y otras veces me acuerdo de la famosa expresión atribuida a Fassbinder que decía “Ya dormiré cuando esté muerto”.
La Sexta Hora no trata de hablar del sueño o del dormir, sino de todo lo contrario, de vivir tan consciente como para que la realidad se experimente desde la relajación, desde una mirada casi contemplativa, que disfrute de los silencios, de la calma, de la sugerente imaginación del ensueño, de los espacios en blanco, de los huecos, espaciales y temporales, que genera un campo maravilloso de meditación.
Ahí sí conecto fundamentalmente con la obra de Helena, por eso me resulta tan fascinante, por eso me quedo absorto “perdiendo el tiempo” navegando por su web de cuidado acabado, dejo que mis ojos descansen en esas láminas llenas de vacío y que pretenden y consiguen relajar mi mente devoradora.
Es ahí donde me sorprende, donde me cautiva, donde me absorbe y me obliga a reflexionar sobre mi dispersión constante, sobre mi ritmo alocado, sobre tantas cosas que no sé si hago bien, que me sobrecoge. Me inquieta y me relaja. Es extraño. Es misterioso. Quizá ese sea el misterio y no el hecho estético de ir envuelto en una intachable edición negra de una delicadeza tal que me da “no sé qué” tocarlo con mis manos toscas y siempre algo sucias.
Abro la cinta roja, acaricio el título grabado en negro sobre negro, en la parte interior de la portada. No está su nombre. ¿Me quiere decir que el libro no es de nadie, que es de todos? Me parece un gesto humilde y sencillo. Todavía no puedo levantar la mirada del título brillante. Encuentro un libro extraíble, una imagen de una manta que se pierde en la oscuridad: más misterio, el de bajo la manta y el de la oscuridad. Pero está cerrado: más misterio. Helena me obliga a romperlo, a violentarlo. Abrecartas o cuchillo de cocina. Ahora está roto, intervenido, abierto al mundo.
Siento una especie de ansia por meterme en las páginas, páginas de láminas cuyos bordes sugieren un trabajo manual, artesanal, objetual. Da gusto tocarlo. Es agradable al tacto, al olfato. (Confieso que incluso lo he saboreado)
En un primer vistazo, disfruto con las ima?genes, con los colores sutiles que se cuelan de cuando en cuando en las pa?ginas, alterna?ndose con mucho blanco, mucho mucho blanco, y negro y grises y algu?n texto que parece un mero motivo figurativo ma?s, aunque da pistas... parece que quiere, otra vez, revelarnos un (otro) misterio. Vuelvo a hojearlo, esta vez ma?s despacio, da?ndome tiempo, regala?ndome tiempo. ¿Es lo que Helena queri?a?
Y hallo la narracio?n, porque si?, el libro no es de ima?genes, sino un poema que comienza placentero, sosegado, feliz, paradisi?aco. Hasta que aparece la ciudad: lo urbano deshumanizado, de horarios imposibles. El poema deviene desgarrado, cotidiano y cruel. Comienza el texto a ser algo ma?s que figuras: transforma las ima?genes en exclamaciones, gritos.
El retrato se vuelve de masas y las masas trabajan sin parar, consumen estimulantes, pierden su foco, olvidan su voluntad, se contagian de tristeza que niegan con la accio?n accio?n accio?n, con diversiones banales, insostenibles, tan absurdas como visitar el mundo en siete di?as, entretenimiento, consumo compulsivo, vidas desperdiciadas, existencias alienadas que siguen una desenfrenada carrera hacia la autodestruccio?n, luchando contra el tiempo, luchando contra el espacio, luchando contra todo lo humano... hasta explotar.
Pero hay salida: las u?ltimas pa?ginas encierran una visio?n esperanzadora, un horizonte posible, quiza? ma?s alla? de la vida: regresa a mostrarnos un descanso que se pierde en la hierba que se pierde en el espacio artesanalmente cortado de la u?ltima hoja, tras la cual, al fin, Helena Ferna?ndez-Cavada escribe su nombre y el nu?mero del mu?ltiple. La edicio?n, de 300 ejemplares numerados lleva el guin?o de un autorretrato y, posiblemente, otro en el cuerpo que reposa bajo la manta.
Termino el libro. Descanso. Abro el u?ltimo misterio: la invitacio?n a relajarme en una hamaca puntillista junto al mar. Le agradezco su mirada y dejarme mirar a trave?s de sus ojos. Le agradezco la ternura y el cuidado, pero la contundencia y la claridad.
Le agradezco la sutileza de su discurso, la amable caricia de sus pa?ginas. Le agradezco haber sentido con varios de mis sentidos un libro, una experiencia, un rito, casi. Le agradezco, sin ma?s, su regalo. Gracias.

Fragmento de la presentación de La sexta hora por Jose Luis Sánchez Rull, Texto que leyó, escrito por una alumna suya describiendo lo que veía en el libro:

La sensacion en la que te quedas dormido en una hora que no debes de dormirte (no te diste cuenta). Cuando despiertas hay un pequeño lapso, aunque sepas donde estas no es lo mismo: no es normal. Desde el color. O que estas fuera de ti, que no acabas de regresar al mundo.
Se esta comiendo el puño, es un intento de desvanecerse, lo mismo que comerse estas pastillitas.
La vida privada es como diario estar en su cabeza, en su propio sermon interno y entonces tiene que conectarse al exterior para entretenerse y no oir todo eso, ¿y como es esto?: comprando.
Este se volteo hacia su sermon interno: el esta escuchando su sermon interno es como una implosion. Parece desesperado, pero igual si sigue llega a algo.
Igual aqui, se hizo nudo con el mismo, ¿por una chava?, ¿un complemento que no tiene?.
Otra vez con la mano en la boca, si, otra vez como quererse deshacer con un mordisco. igual es como una regresion. Como los bebes para los que todo es asi.
El colchon apachurrando a alguien, o te apachurra o es como una guarida. Como las dos cosas a la vez, no se bien porque.
Aqui mas bien parece trinchera.
Esta como tanteando, parece como ciego, no ciego de los ojos. Como un sonambulo que anda tanteando.
El arbol seccionado otra vez. Es madera pero tambien es piedra. Es madera quemada. Apagada. por eso esta junto a este que esta tanteando.
Parece un insomnio pero a la vez esta atravesando algo con su mente. a el se lo esta tragando el mundo, su realidad. Como no puede dormir pasa a otro umbral y ya es distinto.
Este es un espejo que esta seccionado, un espejo con puertas. Pero esto no es para no dejar dormir, es como para dividir la cama. El taladro divide el suelo que contiene la cama. Los territorios para quedarte en uno de los dos. La otra realidad.
Ya esta seccionada, como con un taladro, es como un rostro pero ya seccionado y otra vez parece como alguien apachurrado en estratos geologicos.
Siguen en pie, pero todo este recorrido de calacas es tiempo y muerte. El tiempo de quien muere y quien no muere.








Fragmentos de una conversación
El lugar es el estudio de Helena Fernández-Cavada; el motivo, su exposición “¿A dónde fueron las pepitas de la sandía?”
y el diálogo se entreteje entre la artista y Helena Braunštajn.


Braunštajn Helena: Helena, en tu trabajo has desarrollado muchas estrategias diferentes que incluyen las exploraciones espaciales, corporales y de diversos materiales y soportes cuya base recurrentemente es el dibujo. ¿Qué posibilidades específicas de expresión te proporciona este medio? ¿Por qué el dibujo y no alguna otra disciplina artística?
Fernández-Cavada Helena: Desde mi punto de vista estamos muy habituados a un medio como el dibujo, es decir, éste está presente en señalíticas, instrucciones y numerosas situaciones que me facilita la relación con el espectador. En algún momento -creo cuando llegué a México- lo comencé a usar prácticamente como único medio de expresión por permitirme trabajar casi en cualquier situación, espacial o económica. También fue, en cierto momento, una decisión de intentar trabajar sólo con un lápiz o un grafito, ya sea sobre papel o sobre muro, una especie de punto cero, dejando atrás dibujo sobre cristal y otros soportes o a la misma pintura. Esto fue hace tres años, ahora recientemente o más bien paulatinamente he vuelto a expandir el dibujo a otros lugares, retomando otras técnicas y soportes.
Entiendo el dibujo como un esqueleto, lo que tiene que ver con las estructuras, y mucho con la radiografía. De alguna forma en un dibujo se ve todo, hasta cuando borras, se queda una pequeña marca, al contrario de la pintura, que vas tapando capa sobre capa, sin dejar ver la anterior, el dibujo tiene cierta condición de transparencia, obviamente discutible y pervertible.

B.H.: Las mantas, los colchones, las máscaras de oxígeno, blanket party, la pregunta sobre las pepitas de la sandía… ¿Qué tienen en común todos estos elementos en el contexto de esta exposición?
F.C.H: Es precisamente el contexto lo que les acerca unos a otros y les da cierta unidad, a veces un tanto absurda o dispar … Me pregunto qué hará, que las personas decidan que es mejor la sandía sin pepitas que con pepitas; recuerdo el tiempo que tardaba de pequeña quitando o escupiendo las pepitas, tenía cierto encanto, escupirlas al plato o al campo. Sin embargo, entiendo que puede ser fastidioso e incómodo, sobre todo si tienes prisa, seguramente hay muchas razones para que en la actualidad las sandías, como por ejemplo en España, carezcan de semillas. Aunque ahora hay cierta imposición en ello, y es difícil encontrar, en ciertos lugares, sandías con pepitas. Además quizá, el hecho de quitar, escupir o masticar las pepitas, nos entretiene, y si te entretienes demasiado, te puedes quedar rezagado. Puede existir un cierto reproche al quedarte rezagado, al ser el más lento, a perder el tiempo.
Blanket Party, éste nombre paradójicamente es el de un castigo hacia quien es el último en una estructura militar. Un castigo que no se oye y no deja huellas visuales. Una especie de violencia impuesta, velada u ocultada debajo de una manta, que mantiene anónima a la víctima. Tenemos imágenes, en The Full Metal Jacket. Aún así en mis dibujos, no sabemos qué hay debajo de la manta, quizá una almohada, quizá un cuerpo muerto o quizá uno dormido.
Me inquieta esto de las mantas y los colchones: ¿los dejaremos de usar? Pienso en ese tiempo del dormir, un tiempo que productivamente o económicamente está muerto, no consumes, no produces, estás fuera del sistema, cosa que puede ser incómoda para los intereses del crecimiento económico. Sobre todo para los intereses militares, que son los que más dinero invierten en intentar desarrollar pastillas que nos mantengan despiertos o por lo menos a sus soldados, despiertos durante 85 o 96 horas, cómo en la última guerra de Irak, con sus posibles y consecuentes errores por la falta de sueño. Y como es de suponer, pues estas pastillas se han insertado en el mercado civil, con el nombre de Provigil, y su consumo se ha disparado, casi un 60 % más en el último año, es decir estudiantes, trabajadores y muchas personas la consumen para ser más eficientes en el trabajo o estar más tiempo con la familia.


B.H.: Las pepitas nos quitan tiempo, el sueño también…aún así, tenemos el recuerdo de estas sandías entretenidas y tenemos la necesidad de dormir (también de soñar, aunque sea contraproducente). El castigo de Blanket Party, si bien no deja testimonios tangibles, está más que presente en los daños causados a los individuos: su cuerpo está anulado, se le niega el derecho incluso a presentar las evidencias del maltrato ejercido. Estamos hablando entonces de una especie de frontera incierta entre ausencia-presencia, lo que supongo, ¿también se relaciona con las máscaras de oxígeno?
F.C.H:Si, en cierta forma la exposición está llena de ausencias. Además esas máscaras son casi como un somnífero, es decir el oxigeno, parece ser, tiene cierto sedante para que en caso de emergencia las personas permanezcan tranquilas, mansas. Además hemos visto tantas veces a la azafata enseñándonos cómo funciona que tienen cierto carácter absurdo, anestésico, por su repetición, casi nadie presta atención ya a la azafata cuando nos explica cómo debemos usarlas; pero pueden llegar a ser también como una luz de emergencia, póntela rápido o te asfixias.


B.H.: Las diferentes estrategias del dibujo marcan sobre todo las diversas maneras de relación con el público. El espectador tiene que detenerse y acercarse, más precisamente, necesita establecer una relación íntima con tu trabajo para poder atender sus sugerencias y cambios sutiles. Al mismo tiempo, la reubicación y el traslado son fundamentales para la totalidad de experiencia que tus obras originan. ¿Cuál es tu relación con esta doble mirada del espectador que simultáneamente tiene que ser estática y dinámica?
F.C.H: Bueno, si consigo que el espectador haga eso, será una gran satisfacción. De alguna forma, esta mirada estática corresponde un intento por detener, por parar, frenar, obviamente utópico en nuestros días. No puedo pretender una contemplación detenida, pero quizá sí, un “vago ensimismamiento”, en donde el espectador mire desde distintos ángulos y lugares, quizá como un juego para la percepción, o un juego de las distancias.


B.H.: Claro, es ahí donde veo esta condición doble: por un lado, hay un ensimismamiento, como dices, y por el otro una constante necesidad de experimentar con las distancias, es decir, de moverte, de captar el detalle y luego, alejarte para poder encontrar las conexiones…Es interesante ver cómo se desprende todo eso de unos dibujos aparentemente sencillos.
F.C.H:Bueno, son dibujos con grandes espacios en negro metálico o espacios vacíos transparentes, donde hay una sensación de desolación o de ausencia. Es el espectador quien puede llenar ese espacio con sus reflexiones o articulando las referencias que hay en la propia sala, como los materiales o los fragmentos de imágenes; en el fondo creo que la exposición está muy llena.








El dibujo de Fernández-Cavada. Radiaciones Carlos-Blas Galindo Curador y crítico de artes visuales.


Desde el 16 de febrero y hasta el 14 de abril de 2007, Helena Fernández-Cavada presentó su obra para sitio específico intitulada Radiaciones en la Sala de Exposiciones I del espacio cultural Casa Vecina. Se trató de una obra dibujística, resuelta con base en el recurso del dibujo a muro, más la proyección sobre pared de la sombra de otros dibujos que ella realizó mediante el procedimiento del atacado con ácido sobre vidrio. La curaduría de este proyecto expositivo estuvo a cargo de Iván Edeza.
Lo primero que los públicos experimentamos al ingresar al área donde se presentó Radiaciones fue una reacción de sorpresa, generada por la aparente ausencia de obra en ese espacio, puesto que una parte de la sala tenía una iluminación escasa ya que, de día, el paso de la luz natural estaba bloqueado y, de noche, tampoco se permitía la entrada de la luz del exterior. Y también debido a que en la otra área de la sala no se advertía, de inicio, la presencia de los múltiples e intrincados dibujos que estaban trazados en paredes y muretes. La sorpresa daba paso a la curiosidad, reacción prevista por la autora a manera de acicate para afinar nuestra mirada. En efecto, más que una alusión a la vacuidad ?tan invocada durante los tiempos de los posmodernismos originarios, y todavía ahora?, la cadena de llamados a la sensibilidad estética de los públicos ante la apariencia de vacío, tuvo el propósito de incitarnos a descubrir los componentes de su obra. A evitar que permanezcamos pasivos ante el “ver” como el mero empleo inconsciente de un sentido, y conducirnos al “mirar”, acción entendida en este caso como la utilización consciente de la capacidad humana de la vista, sumada al hecho de emplearla de manera volitiva y, además, con atención.
En la parte que estaba en semipenumbra se descubría la proyección de unos dibujos que difícilmente eran perceptibles en el vidrio en el que estaban trazados pero que, merced a una luz dirigida, devenían revelados ante nuestras miradas; mas no de manera directa, sino mediante sus sombras. Y, en el área contigua, paulatinamente se descubría la vastísima presencia de cráneos, vértebras y otros huesos humanos dibujados en las paredes, formando intrincadas, rítmicas y armónicas concatenaciones. Pero, una vez que nuestra vista se había habituado a descubrir la sutileza y precisión de las líneas y las formas, nuestra mirada resultaba impugnada, una vez más, ante su imposibilidad de abarcar la totalidad del conjunto dibujístico, ya no digamos desde algún punto de mira privilegiado, sino por la ubicación a una altura considerable de algunas partes del extenso dibujo a muro. La respuesta sensible, en este caso, no estaba exenta de insatisfacción. Sin embargo, el propósito de Fernández-Cavada no era el de incrementar nuestras frustraciones (ya fuese como individuos o como sociedad), sino la de hacer patente su postura crítica ante el desmedido regodeo de la visualidad en Occidente.
En efecto, luego de haber presenciado Radiaciones, muchos nos cuestionamos acerca de los excesos de evidenciar lo que no es perceptible con la vista. Es decir, de la radiografía y del uso de tecnologías en aeropuertos y pasos fronterizos que permiten la revisión de personas y sus equipajes, asuntos que la artista ha abordado en otras obras de su autoría. Pero, también, esta pieza nos conminó a tener presente el carácter efímero que tiene el acto de mirar, así como el papel fundamental que adquiere la memoria como registro ?no pocas veces el único disponible, por más que abunden cámaras digitales y teléfonos con cámara, por ejemplo? de lo que, de suyo, es fugaz. Lo anterior resultó subrayado debido a la imposibilidad de documentar la totalidad de esta obra (de hecho, fotografiarla devino técnicamente complejo) y, asimismo, en tanto que su único fragmento objetual que se preservará será el vidrio con dibujos al ácido. Amén de efectos como los mencionados, esta obra para espacio específico revistió una importancia concreta en cuanto a lo propiamente artístico, al haber constituido una evidente apropiación, recuperación y puesta al día del género del dibujo. Y una feliz solución a un considerable reto de tipo técnico, formal y dimensional.